Menena Cottin explica que la razón del éxito es la creatividad tanto técnica como el mensaje. Primero, “el libro enfoca el difícil tema de un niño ciego. Pero no es presentado como un minusválido. Ni siquiera se habla de ceguera. En lugar de ver a Tomás como un discapacitado, su amigo piensa que tiene poderes especiales, porque el niño invidente huele, saborea, oye y toca los colores. Tomás tiene poderes porque puede percibir más cosas, tiene más sensibilidad. Ser discapacitado ya no es un handycap”.
Segundo, la obra tiene un objetivo muy definido. “La idea es que cualquiera se enfrente a la realidad de un ciego”. Y tercero, “es un libro objeto, que no sólo se lee y mira sino que se puede tocar. Plantea una técnica nueva.

Podría decir que haber colaborado con Mónica y Menena en la realización de El libro negro de los colores ha sido una de las experiencias más extraordinarias que he vivido jamás como ilustradora de libros para niños.
En un principio, yo realmente no entendía nada. Mónica, muy emocionada, me dio a leer el manuscrito que Menena le acababa de traer. Era hermoso, conmovedor, pero era para mí en ese momento imposible visualizar una ilustración para una frase como “el amarillo sabe a mostaza”. Por supuesto que lo primero que me viene a la cabeza es un tarro de mostaza, o una mancha amarilla, ¡que horror! Lo obvio ha sido siempre una especie de monstruo del que huyo despavorida. No quería desalentarla, pero no ubicaba un estilo, un lenguaje visual apropiado para semejante poesía. Creo recordar que le dije que sería incapaz de hacerlo, pues otros proyectos me atormentaban lo suficiente como para encima lidiar con tan gigante compromiso. Al final Mónica me convenció: “Este libro es totalmente negro, y las ilustraciones serán en relieve”. En ese momento comprendí todo. Al preguntarle a Menena, como es mi costumbre cuando tengo al autor a la mano, por qué, en qué estaba pensando cuando escribió ese texto, ella, con una humildad pasmosa, me dijo que siendo una persona netamente visual, había hecho el ejercicio de privarse de la vista por un momento para tratar de definir los colores verbalmente a través de todos los demás sentidos. Me pareció absolutamente brillante, y comencé a plantearme cómo asumiría entonces el reto de ilustrar los colores sin ellos. El amarillo, si bien sabe a mostaza, también es suave al tacto como las plumas de los pollitos. ¿No son acaso las plumas bellísimos objetos que invitan a dibujarlos con la suficiente delicadeza como para emular su textura? El rojo, dulce como la sandía o ácido como la fresa cuya piel se presta para divagar con la plumilla por una infinita cantidad de puntos. De la misma manera las hojas secas y la grama, el cabello de la madre y la lluvia. Pero ¿cómo ilustrar el azul del cielo cuando el sol calienta la cabeza? En fin, la representación de todas esas sensaciones me hizo recordar el cuadro de Magritte en que se plantea “Esto no es una pipa”. Esto no es una fresa, ni el arcoiris, ni el agua, son interpretaciones bidimensionales de esos conceptos que el invidente tendrá que aceptar de la misma forma en que los que podemos ver entendemos el azul al leer azul.
Pero las experiencias con este libro no terminaron al imprimirlo, por el contrario, este libro tiene vida propia. El haberlo hecho me hizo tener una sensibilidad especial al visitar la exhibición “Diálogos en la oscuridad”, en el Museo Papalote de México. En una inmensa habitación completamente oscura, pude vivir la experiencia de la invidencia y avanzar por una calle, un mercado, una selva e incluso un bote en el agua. Todo esto guiados por Marcos, un joven que perdió la vista a los 20 años de edad y que utiliza uno de los sentidos más importantes para sobrevivir a la invidencia: el sentido del humor.
No he mencionado a Cristina Urrutia, directora editorial de Ediciones Tecolote, quien creyó literalmente a ciegas en el proyecto, y que lo bautizó con una actividad única: la cena de los sentidos. Con los ojos vendados, los asistentes reciben una caja dividida en compartimientos, llena de los elementos que se describen en el libro, y lo intentan adivinar a través del gusto, tacto, olfato y oído. Nos trajimos la iniciativa al Banco del Libro en Caracas, y pudimos ver cómo se transforma la noción de las personas acerca del mundo que les rodea. En fin, El Libro negro de los colores verdaderamente se transformó para mí en una manera de romper barreras preestablecidas y en mi granito de arena para lograr un mundo mejor.
via Gretel